Fuente: Matt Artz, Unsplash

La ley y el orden no son lo mismo. Respetar la ley significa no romper las reglas estrictamente establecidas. Mantener el orden en un barrio, una ciudad o un país significa respetar las reglas no prescritas pero básicas para la convivencia.

Una ventana rota es más que una ventana rota. Si no se repara, se convierte en un mensaje al mundo exterior, que aquí a nadie le importa nada, no hay reglas ni jefes. Este pequeño signo de desorden favorece a que los vándalos se sientan libres para romper otras ventanas, cometer delitos incluso más graves y causar la anarquía.

La mejora o la caída del sistema se explica por el efecto dominó. Con el paso del tiempo un área próspera, pero sin vigilancia, puede convertirse en un lugar donde las personas tengan miedo de salir. En cambio, las zonas con altas tasas de criminalidad se mejoran tras el mantenimiento de la infraestructura en buenas condiciones.

La teoría de las ventanas rotas fue aprobada en los 80 en Nueva York. El concepto de los criminólogos James Q. Wilson y George L. Kelling inspiró la salida de la severa crisis de inseguridad y violencia en el metro neoyorquino tras la incansable limpieza de los grafitis en los carros y un estricto control del pago. En el transcurso de los años el conocido programa “tolerancia cero” convirtió a la ciudad de Nueva York en la metrópolis más segura de EE.UU.

La idea tiene una aplicación mucho más amplia que la criminología. Las llamadas ventanas rotas pueden aparecer en cualquier área de la vida, incluso el negocio, la salud o las relaciones personales. Son pequeños problemas que van acumulándose con el paso del tiempo, como una vitrina sucia, el estrés constante o una pareja poco atenta y que señalan problemas más grandes ya presentes o probables en el futuro cercano.

Los seres humanos solemos hacer conclusiones basadas en los detalles sutiles y a veces sin darnos cuenta. No existen ventanas que no se rompan, ni fracturas que no se noten, se cuenta todo. Si en un avión notamos el rastro de la taza de café que dejó el pasajero anterior en la mesita, puede cuestionar la calidad del mantenimiento de los motores. Si uno se fija en la alfombra desgastada en la oficina de su dentista, de repente piensa que tan viejos son los instrumentos dentales.

El momento más adecuado para reparar las ventanas rotas es el instante después de que se hayan roto. Hay que mejorar defectos antes de que se vuelvan obvios y habituales, es más fácil, requieren menos recursos e impiden más daños. El único plan de acción en caso de una ventana rota es su reparación completa y rápida, o sea la resolución total del problema sin esperar, ocultar ni camuflarlo.

Son los pequeños detalles los que marcan la diferencia. En el caso de un barrio cualquier mejoramiento hace que su población comience a sentirse más segura, participa más en la vida social y lleva la comunidad a más prosperidad. En el caso personal los simples pasos como los ejercicios matutinos nos motivan para tomar mejores decisiones durante todo el día que se suman en una buena vida.

La teoría de las ventanas rotas aplicada al mundo empresarial está detalladamente explicada por Michael Levine en su libro “Broken Windows, Broken Business: How the Smallest Remedies Reap the Biggest Rewards” (no traducido al español). Se demuestra la conexión entre las imperfecciones poco perceptibles en un negocio y sus consecuencias globales con los ejemplos de tales compañías como Google, Ikea, Coca-Cola y Disney.

Fuente: D A V I D S O N L U N A, Unsplash

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