Hace poco publicamos la historia de Valerie, una viajera chilena que anda sola por el mundo por placer. Esta vez nos tocó conocer a Erilyth, otra viajera que tuvo que cruzar sola una gran parte de Sudamérica por hambre y desesperación. Cubrió cerca de 5.700 km viajando por tierra y 1.300 km por aire y esto es lo que relata después de alcanzar Santiago.

Me llamo Erilyth Matos, tengo 27 años. Nací en Colombia, en Barranquilla, y me fui a Venezuela a mis 16 años, mi esposo es venezolano, allá nacieron mis dos hijos, el mayor ya tiene 8 años. He trabajado desde los 15 años de mesera, en casas de familia, atendiendo llamados. No terminé los estudios, nunca me dediqué a eso sino a trabajar en lo primero que me dieron.

Erilyth en su puesto de trabajo en el barrio Franklin

Vivíamos bien en Venezuela cuando ganaba 500 bolívares en 15 días trabajando en una panadería y eso me alcanzaba hasta para sacar a los niños a piscina, a McDonald’s, también vendía comida fuera de mi casa. Pero la situación cada vez se tornaba más difícil, como que vas a la tienda y te gastas 5.000 bolívares en dos tonterías. Yo también tenía que estar aumentando los precios en mi negocio, entonces se me iban los clientes y lo cerré. Poco a poco me fui comiendo el dinero que invertía y quedé sin nada.

Nos tocó el momento cuando el sueldo de mi esposo no alcanzaba ni para tres días de comida. Se resolvía con que comprábamos lo más barato, lo comíamos con sal nada más, si había un poquito de harina hacíamos una arepa para cada uno y así estábamos. Vigilaba que mis hijos se alimentaran mejor que yo, pero algunos días no tenía nada que darle al desayuno. A veces mi esposo se acostaba sin cenar, yo me comía una sola comida del día que me regalaban, dos cucharaditas para mí y el resto lo daba a los niños, era para tener algo en el estómago.

Me puse demasiado delgada, de mi peso normal que son 51 kilos estaba pesando 42 en menos de un año. Era cada vez más mendigante, me preguntaba ¿a dónde vamos a llegar?

Entendí que era la hora para salir del país en el momento en que vi que me estaba enfermando. Me di cuenta porque mi encía se separaba de los dientes y sangraba, cuando me levantaba de la cama me daba muchos mareos, me ponía fría, pálida. Llamé a un doctor conocido para que me atendiera así no más porque no podía pagarle una cita médica y me dijo que era descalcificación, mi cuerpo se estaba desnutriendo. Me preguntó si estaba alimentándome bien, si estaba tomando carbohidrato, leche, pollo, carne… ¿De dónde pues?

Erilyth en su puesto de trabajo en el barrio Franklin

En enero de 2016 me fui con los hijos a Colombia, no iba a permitir que ellos se murieran del hambre, quedarme en Venezuela era esperar eso. Llegué con las ganas de salir adelante, pero no resultó mucho. Fue todo tan complicado que el 25 de diciembre regresamos a Maracaibo para estar el fin del año con la familia. Pasamos una Navidad muy bonita a pesar de los escases que había como que la segunda vez mis hijos se quedaron sin regalos [entre lágrimas]. No me arrepiento de ir, aunque lo que vi en esa llegada fue horrible, todo mucho más caro, mucha delincuencia, para tomar un bus por la cuidad uno tenía que sacar efectivo haciendo tres colas en distintos bancos. Para que mi familia comiera allá, en enero de 2018 me regresé a Colombia.

No me pasaba por la cabeza ir a Chile, no podía tomar esa decisión sola. Tengo a dos amigos venezolanos que se vinieron a Santiago hace dos años, un día subí al Facebook un video de mi hijo menor y uno de ellos le dio “me gusta” y después me escribió: “¿Te quieres venir a Chile? Apenas veas el mensaje respóndeme, te tengo un proyecto”. Se trataba de un carrito de comida, me dijo que soy trabajadora y muy carismática con la gente, que sé cocinar, que me quería ver en su negocio, que todos los gastos nos dividimos entre los tres, que me acomodarían en el sofá en su departamento y que la deuda la cuadramos poco a poco. Le contesté que me quería ir, pero no tenía dinero ni pasaporte. Hablé con él el martes y el sábado ya tuve dinero depositado.

Me levanté el lunes temprano y me dije: “Dios mío, si tú quieres que yo me vaya, tú me pones que esto me salga esta semana, si no, no me voy”. Así quería saber si el viaje era para mí.

Entonces me puse a hacer el papeleo, primero a actualizar la cédula colombiana porque la tenía vencida y no podía hacer el pasaporte. La solicité el lunes y el miércoles ya la retiré, o sea donde se tardaba como un mes me lo hice en dos días. El mismo miércoles solicité el pasaporte y me dijeron que estaría listo al día siguiente y yo pagué solamente lo que costaba, nada por encima. De verdad el jueves la retiré, compré los dólares, un bolso que necesitaba, me volví a la casa y empecé a hacerme la maleta. Me pedí la señal y me la dieron.

Erilyth en su puesto de trabajo en el barrio Franklin

En espera de los papeles, de lunes a jueves, me estudiaba toda la rutina por internet. Están las historias de los que ya lo habían hecho, es como una guía paso a paso de dónde vas a ir, cómo vas a hacer, cuánto más o menos vas a gastar. Ya sabía que iba a durar siete días en varios buses bajándome, subiéndome, amaneciendo en terminales, estaba preparada para eso. No había viajado antes por el continente y tuve que atravesar cuatro países, prácticamente toda Colombia, Ecuador, Perú y la mitad de Chile, preferí esa ruta porque es más segura que otras.

Tuve que tomar muchísimos buses. Uno de Baranquilla-Cali. Uno de Cali a Ipiales en la frontera Colombia-Ecuador. De allí, del Puente de Rumichaca al terminal de Tulcán. De Tulcán a Quito, al terminal Quitumbe. De Quitumbe a Huaquillas que es la frontera Ecuador-Perú. De allá fuimos a Tumbes. De Tumbes a Lima. De Lima a Tacna que es la frontera Perú-Chile. De Tacna a Arica donde está la inmigración chilena. De Arica a Antofagasta. Y de Antofagasta me vine en avión a Santiago. O sea, fueron diez buses y un avión.

Los amigos me dijeron que viniera la más ligera que podía. En uno de los bolsos venía toda mi ropa y en el otro todos los documentos y la comida. Me hice un tipo de botín para alimentarme, metí galletas, chocolate, leche condensada, mermelada, o sea “muy nutritiva la comida”.

Durante la semana comí bien como tres veces algo tipo sopa o un arroz con pollo, un café parecía un lujo.

Para dormir me acomodaba lo más que podía. Me encogía como un gusanito, a veces me estiraba poniendo boca arriba, pero igual fue muy incómodo. Cuando me bajaba del bus sentía un alivio, era como ¡ay mis piernas!, ¡ay mi espalda!, ¡ay mi cuello!, ¡ay mis nalgas! [riendo]. En los terminales me acomodaba con los bolsos, agachaba la cabeza, jamás fue dormir bien.

De la higiene lo bueno fue que en cada frontera contábamos con baños y duchas pagadas, también traía las toallitas húmedas, jabón y crema dental pequeña. Donde podía cepillarme la boca lo hacía y con un poquito de agua me lavaba, cambiaba los pantis y me volvía a poner el mismo pantalón y así estaba.

Me retrasé en la frontera de Colombia porque la inmigración tenía 3 días cerrada por las votaciones. Había como 2 mil venezolanos esperando que abrieran para sellar la salida, era espantoso, la cola estaba casi llegando a la frontera con Ecuador que queda como a un kilómetro. Me dijeron que los colombianos tenían privilegio entonces mi nacionalidad me ayudó a pasarlo más rápido.

El momento más extremo fue el accidente cuando un semáforo estaba en rojo y el chofer no lo vio. Gracias a Dios, el bus tenía los frenos largos, pero tras el choque me asusté, me golpeé durísimo la rodilla y se hizo un morado. Otra vez en Ecuador como a las 4 de la mañana en mi bus que estaba full se montó un policía y me pidió el pasaporte. Cuando vio que era colombiano me mandó que bajara la maleta, lo revisó y me dejó ir.

En el bus todo el mundo me miró como ¿por qué a ti sola? No sé, quizá me vio cara de narcotraficante.

La experiencia más agradable fue que me topé con muy excelentes personas, me cayeron angelitos. Conocí a cuatro venezolanos que también estaban en el camino hacia Santiago cuidándose uno al otro. Nos turnábamos para comer, para ir al baño, para guardar las maletas. En Lima pagamos una bodega y salimos a turistear varias horas hasta que salía el bus, lo pasamos chévere. Nos entendemos perfectamente porque soy una más, sé qué situación está viviendo Venezuela, todos íbamos con el mismo sueño, con las mismas ganas de trabajar y de ayudar a los nuestros. Empezó una bonita amistad y todavía está.

A otro angelito que se llama Nelson le conocí en el camino hacia Antofagasta, es peruano, el dueño de una cadena de los restaurantes, su esposa también es colombiana. Nelson nos trajo una bandeja con pan, carne y un refresco, estuvimos todos muy agradecidos de él. En aquel momento ya no tenía plata, me quedaban solo para comprar ticket y mi mochila con la comida ya estaba vacía.

Es decir, si no hubiera conocido a ese hombre, hubiese pasado prácticamente un día sin comer.

Cuando mis amigos se fueron en bus y yo me quedé esperando el avión me llevó donde una prima que me dejó bañarme y descansar algo. Cuando vi la cama me hice como un chocolatito caliente, me acosté y cuando puse la cara en la almohada era pura felicidad. Después cenamos y me ayudaron en conseguir un taxi al aeropuerto donde me dijeron que el ticket no aparecía en el sistema porque estaba cancelado. Mis amigos pidieron perdón y compraron el otro para la mañana, entonces me tocó esperar 12 horas más. Me llamó Nelson y al enterarse de que me pasó me propuso ir a un hotel, lo negué y caí dormida. Como a las 2:30 de la noche alguien me tocó el hombro y lo vi a él con la comida otra vez, es una excelente persona.

Cuando llegué a Santiago… ¡Dios mío, ya estoy aquí! Me gustó Chile, me hizo acordarme de un año que viví en Barcelona cuando tenía 15 años, vi como España chica, una España del sur. El nivel de organización que hay aquí, digo que es por el gobierno o los presidentes que han sido buenos y se han dedicado a meterle dinero al país. No se parece a Colombia ni a Venezuela, se nota mucho la diferencia con lo que había visto en el camino, sobre todo con Perú, allá la gente es más calma, anda con más paciencia. En Chile todo es muy organizado, muy limpio y súper rápido, la gente fluye, es como o corre o te empujo. Creo que no es solo en Santiago por ser la capital, estuve prácticamente un día en Antofagasta y también es así.

Conocí algunos muy buenos chilenos, por ejemplo, uno que me ha ayudado en conseguir el puesto donde tenemos el carro ahorita. Siempre está pendiente y dispuesto a ayudar, es como que ¿no tienes pan? Bueno, yo te lo presto y después tú vas y lo compras. No sé si es porque es del sur, me dicen que sí, que los chilenos del sur son como más sociables, más amables, más atentos [que los de Santiago].

Otro día un señor chileno vine y me dice: “¿Qué son las arepas?” Y le digo yo: “Es una harina de maíz que nosotros…” Y me dice: “Nosotros, ¿quién es?” Y así que las arepas son venezolanas, yo tengo que decir: “Los venezolanos”. En ese momento me hizo una cara, se volteó, o sea me dio entender – no me gusta lo de ustedes. Pero esto no pasa con frecuencia, muchos chilenos y chilenas tienen curiosidad de probar la comida extranjera. Ah, una vez un chileno me dijo: “¿A cómo las tienes?” Y yo: “A luca”. Me dijo: “No, a mil pesos, ustedes hablan mejor que nosotros, ¿por qué tienes que cambiar tu acento? No hagas eso, no dañes tu acento por hablar chileno”. Pero no sé si era de aquí o del sur [riendo].

El 17 de abril [de 2018] cumplí un mes en Chile. Antes de que saliera la ley [la nueva ley migratoria de Chile, — El Grano] mis papeles ya estaban en trámite, con el favor de Dios espero la respuesta. Mi marido ya tiene que perseguir la visa en Caracas, esto nos complica más porque si ellos no están dando pasaportes mucho menos visas. Con mis hijos es más fácil ya que son colombianos, pero prefiero establecerme bien y mandar a buscarlos en un avión para que hagan en 8 horas lo que yo hice en 7 días.

Erilyth en su puesto de trabajo en el barrio Franklin

Mi sueño por ahora es que el negocio se dé, que siga como va, que podamos agrandar poco a poco. Atendiendo personas siempre tienes que tener una sonrisa porque por mucho que tengas un mal día y por dentro te estés muriendo de rabia o de tristeza o de dolor, esa persona que viene a tu frente no puede pagar las consecuencias de lo que te está pasando a ti.

La tristeza la siempre llevo conmigo, extraño a mis hijos, pero igual salgo a vender comida con la mejor actitud.

Me gustaría radicarme en Chile, no me importa empezar aquí de cero, quiero tener a mi familia unida otra vez y que a mis hijos no les falte nada. Es difícil acostarte sin encontrar a alguien al lado tuyo y saber que está contigo, pero está lejos. Es difícil estar perdiéndome las mejores palabras de mi hijo menor que está aprendiendo a hablar. Es difícil estar acostumbrada a no despegarme de los niños y después estar sin ellos por cuatro meses ya, me estoy perdiendo las locuras de mis chiquititos [entre lágrimas]. Mi esposo dice que vendrán momentos mejores y yo lo sé, pero ahora siento que no tengo el corazón aquí.

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